DE GUATEMALA A VANCOUVER: UNA HISTORIA DE MIGRACIÓN, IDENTIDAD Y GRATITUD

Por: Francisco José Quezada Jurado

Tenía 13 años cuando la vida que conocía cambió de manera abrupta. Mi padre era gerente de una empresa que operaba un barco llamado Diana D.. Un día, la embarcación desapareció en aguas del Pacífico centroamericano. Después de aquella pérdida sobrevinieron serias amenazas y mis padres tuvieron que tomar una decisión que cambiaría para siempre nuestra historia familiar: dejar Guatemala y migrar hacia Canadá, donde vivían amigos de la juventud de mi padre.

Nuestra experiencia fue distinta a la de miles de migrantes guatemaltecos. Contábamos con visa estadounidense y pudimos llegar hasta la frontera canadiense, donde solicitamos asilo por las vías legales. Mis padres obtuvieron permisos de trabajo y mis hermanos y yo, permisos para estudiar. No vivimos la clandestinidad ni algunos de los peligros de tantas rutas migratorias. Aun así, aprendí que cruzar una frontera significa dejar atrás una parte de la vida.

No hablar inglés fue mi primera gran barrera. Conversar, hacer amigos o expresar lo que pensaba se volvió difícil. La transformación también alcanzó a mis padres: mi padre, que había sido ejecutivo en Guatemala, tuvo que comenzar de nuevo trabajando como encargado de una bodega; mi madre, gracias a que dominaba el inglés, comenzó a trabajar en The Inland RefugeeSociety, una organización dedicada a asistir a otros migrantes. En medio de aquella sensación de no pertenecer conocí a mi primer amigo, un chico italiano que tampoco hablaba inglés. Él me hablaba en italiano y yo le respondía en español; de alguna manera, nos entendíamos. Aquella amistad me enseñó que, antes que idiomas, nacionalidades o documentos, existen personas buscando conectar con otras personas.

Poco a poco las barreras comenzaron a desaparecer. Ingresé al programa de inglés como Segunda Lengua (ESL) y luego a las clases regulares, hasta llegar a dominar el inglés con fluidez. Más adelante colaboré como voluntario en la organización donde trabajaba mi madre, sirviendo como intérprete y traductor para migrantes recién llegados. Aquella dificultad que yo había vivido se convirtió en una herramienta para ayudar a otros y devolver parte de lo que Canadá nos había dado.

Haber pasado mi adolescencia en Vancouver, una ciudad multicultural y cosmopolita, amplió mi manera de entender las culturas y las diferencias. Por eso, cuando hoy pienso en nuestros conciudadanos que migran buscando seguridad, trabajo o una oportunidad para sus familias, no puedo verlos únicamente como estadísticas. Detrás de cada cifra existe alguien que dejó una casa, una familia, costumbres y una parte de su historia. Mi experiencia también me convenció de la importancia de construir mecanismos para una migración regular, segura y ordenada, en la que la protección de las fronteras sea compatible con el respeto a la dignidad humana.

Canadá nos abrió una puerta cuando mi familia necesitó comenzar de nuevo. Nos permitió estudiar, trabajar, integrarnos y reconstruir nuestra vida. Esa experiencia dejó en mí gratitud, pero también la convicción de que detrás de cada migrante existe una historia que merece ser escuchada.

Salí de Guatemala siendo un adolescente y en Vancouver aprendí otro idioma, conviví con otras culturas y descubrí el valor de acompañar a quien llega sintiéndose extranjero. Con los años comprendí algo todavía más importante: la identidad no se pierde al cruzar una frontera; se expande. Pertenecer a un nuevo lugar no significa dejar de pertenecer al lugar del que venimos.

Sobre el autor: Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, con más de 10 años de experiencia en Administración Pública, cargos: DirectorAdministrativo, Congreso de la República; Administrador General, Ministerio de Cultura y Deportes; Secretario General, Administrador General Del Despacho del Superintendente, Superintendencia de Administración Tributaria -SAT-;

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